lunes, 18 de febrero de 2013

Momento de Paz

Linda noche. Todo estaba muy tranquilo.
Luna llena, estrellado. Sólo estábamos ella y yo.
Nadie más. Nadie quien pudiese molestarnos.
Nadie quien pudiese perturbar la paz que había.
Miré al cielo. Ella posada sobre la delicada madera
de la cual estaba hecho mi bote,
que lucía como ella, perfectos ambos dos.
Yo la miraba. Luego veía el agua.
Ella ahí, inerte de momento.
La tomé suavemente con mis manos,
preparé mi lanzamiento y sutilmente la lancé.
Solté la cuerda y dejé que volara lejos.
La cuerda cayó en el lago y dejó notar una bella onda
que se veía hermosa con el brillo de la luna.
Allí estaba yo, pescando en soledad.

martes, 12 de febrero de 2013

El Caso Dolores

"El Caso Dolores",   Nico Glei
Yo solía irme de la oficina a las nueve de la noche, ya que ese era el momento en que terminaba mi horario. Algunas que otras veces me quedaba algunas horas más, pero éstas eran pocas. Me sitúo en un veintidós de septiembre, en el cual me quedé hasta más tarde porque quería terminar de ordenar algunos papeles y encontrar dos expedientes que el Sargento Fletcher me venía pidiendo ya hacía bastante tiempo. No sabía dónde los había dejado (y nunca lo supe), pero Fletcher era muy exigente con este tipo de cosas. Una vez el Cabo Díaz extravió unos papeles que tenían que ver con un caso de un simple robo a una tienda de ropa, y el Sargento se enfureció de tal manera que, no sólo hizo que lo transfirieran al pobre Cabo, sino que el poco tiempo que estuvo, luego de perder el papeleo, vivió para torturarlo.
Recuerdo que el reloj marcaba las diez y media de la noche cuando golpearon la puerta de mi oficina. Eran la esposa del Sargento y su hija. Buscaban a Fletcher, quien había ya ídose del lugar. Les dije que no estaba en el establecimiento hacía ya varias horas. Su horario de salida era, incluso, previo al mío. El Sargento se retiraba de aquí aproximadamente a las siete, un día normal de trabajo. Escasas eran las veces que se quedaba realizando alguna tarea. Éste no era el caso, y se lo hice saber a la señora Fletcher. Al momento en que le dije que su esposo había abandonado el edificio, me miró con cierto asombro. Ella me comentó los planes que tenía con su marido. Me dijo que, como era viernes, pensaban irse, apenas él salga del trabajo, de viaje a pasar el fin de semana en unas cabañas que costean el Lago Estáe. Lo esperaban en casa, como muy tarde, a las siete y media. Al ver que pasaban las horas y Fletcher no regresaba decidieron acercarse al Ayuntamiento. En primera instancia me sentí algo perturbado. También me sonaba extraño el hecho de que el Sargento se haya ido del Ayuntamiento a las siete, y que sean las diez y media y aún no aparezca.
Me quedé por unos instantes mirándolas, a las dos, madre e hija. Su hija no parecía entender lo que ocurría. Nosotros, los mayores, tampoco comprendíamos. Era insólito. Era increíble.
Tomé, rápidamente, cartas en el asunto y le dije a la Sra. Fletcher que se quedase, con su hija de tan sólo once años, en la oficina. Les cedí lo que iba a ser mi cena para que coman algo y, les dejé unas revistas de esas que traen juegos como crucigramas, sopas de letras o 'Sudokus' como para que se distraigan un poco.
Salí del Ayuntamiento en un patrullero. Encendí la sirena y las luces, ya que estaba realmente desesperado. No por Fletcher, a él lo detestaba, sino por su hija. Cuando la vi a los ojos, noté una mirada tan perdida. Casi que lastimaba a quien la viese.
Llegué a la casa de los Fletcher y me encontré con una escena un tanto aterradora: la puerta estaba abierta. Abierta de par en par, y al aproximarme a ella noté que la cerradura no estaba forzada. La puerta había sido abierta lícitamente. Volví hasta el auto y agarré la pistola. La puse en punta y entré a la casa. Las luces parecían estar todas apagadas. Todas, excepto una. La de la cocina estaba encendida. Me asusté. Me asusté mucho, pero tomé coraje y entré a la cocina. No había nadie, pero la canilla del agua estaba abierta y salía agua con mucha presión. No se alcanzaba a ver la pileta, hasta donde se habría llenado, ya que la cocina era muy amplia y ésta estaba del otro lado. Me aproximé a ella paulatina y lentamente, hasta ver que el agua que había en la pileta tenía un color granate. Me detuve. Temblé. Seguí avanzando y descubrí  una tragedia. En la pileta de la cocina, estaba la cabeza del Sargento Fletcher, desangrándose.
Salí corriendo de la cocina, llegué a la sala de estar, en donde la luz seguía apagada, pero la puerta estaba cerrada. No entendí. Me asusté pero no titubeé. Le di tres disparos a la cerradura y pateé la puerta hasta derribarla. Subí al patrullero y regresé al Ayuntamiento.
Llegué al establecimiento y subí hasta el cuarto piso, donde se encontraba mi oficina. La puerta estaba cerrada con llave. Me pareció raro pero pensé que podrían haberse encerrado por cuestiones de seguridad. Golpeé la puerta esperando que me abran. No hubo respuesta. Pensé que podrían estar dormidas. Volví a golpear y dije por lo bajo "Sra. Fletcher, ábrame la puerta". Tampoco hubo respuesta. Me asusté mucho y repetí con la puerta de mi oficina lo mismo que con la de la casa de los Fletcher. Disparé tres veces a la cerradura y ésta cedió. Ingresé en la oficina y mis ojos vieron algo que mi mente no quería procesar. El cadáver de la Sra Fletcher colgaba de una cuerda atada en un gancho de soporte para gráficos que se encontraba situado en el techo. Lo vi. No podía creer lo que estaba observando. No lo creía real. ¿Y la niña? ¿Dónde estaba la hija del Sargento Fletcher? No podría haberse alejado mucho. A menos que alguien se la hubiese llevado. Temí. Atando cabos deduje que el asesino de los Fletcher tendría a la niña secuestrada. ¿Quién carajo podría saber qué era lo que estaba haciendo con ella?. ¡Desgraciado!.
Comencé a recorrer el edificio. Busqué en el primer piso. Allí no estaba. Recorrí todo el segundo piso al grito de "¡Niña!" y posteriormente el de "¡Pequeña Fletcher!".
Llegué al cuarto y último piso, nuevamente. Era el piso en donde se encontraba mi oficina. Pasé por la puerta de ella  corriendo, sin prestar mucha atención, pero me pareció ver que el cadáver no estaba colgado ya, sino tirado en el suelo y sin la soga al cuello. Volví para corroborar si lo que creí ver era cierto. Sí, lo era. Entré a mi oficina y allí estaba, el cuerpo muerto de la Sra. Fletcher, desparramado por el suelo. Eso quería decir que el asesino aún andaba por aquí. ¿Qué clase de alma vil y despiadada podía cometer semejantes actos de crueldad y sadismo? "¡Aparecé, hijo de mil puta!", grité. Y ahí fue que oí esa voz de niña, tan dulce, tan tierna. Pero sólo su tono, porque las palabras pronunciadas con esa dulce voz fueron "¡Me llamo Dolores, idiota!". Me di la vuelta y la vi. Dolores Fletcher parada frente a mi, con una soga en una mano y una pistola en la otra. Arma que al ver más cercanamente, era la mía.
Dolores Fletcher me miró a los ojos. Yo la vi, también directo a sus ojos. Su mirada aparentaba la de una niña dulce. Una niña que poco daño podría hacerle a alguien. Pero ella era sádica. Era maligna. Sonrió de repente y gritó con vos de asustada "¡¿Qué le has hecho a mis padres, maldito enfermo?!" No lo entendí. Quedé atónito. Volvió a sonreír y dijo "¿Me matarás a mi, ahora?". Seguí sin comprender absolutamente nada. De repente, levantó su mano con la cual sostenía el arma, se apunto a sí misma y se disparó en la cabeza. Se suicidó.
¡Se lo juro, señoría! ¡Ella misma se disparó! ¡Yo no tuve nada que ver, Sr. Juez!
- Por el cargo de homicidio en primer grado, del Matrimonio Fletcher y su pequeña hija, queda sentenciado a Cadena Perpetua en una prisión estatal. Caso cerrado.