Mi amor:
En pocos minutos vendrán a buscarme y es muy probable que no llegues antes. Por esta razón, te dejo esta carta en forma, no de despedida, sino de saludo. Quisiera poderte ver antes de que lleguen a por mi, pero no será posible. La hora está próxima y la Patria me necesita.
Quiero aprovechar esta ocasión para decirte todo lo que no te pude decir antes. Quiero decirte que otra persona como vos jamás podría encontrarse en el universo en su infinita existencia. Sos una persona impecable en todos los sentidos. Buena, bondadosa, noble, hermosa, simpática, entre otros tantos adjetivos que van con tu forma de ser.
Siempre me gustó tu sonrisa. No sé qué tiene aquella, que me gusta tanto, pero cuando la enseñás mi corazón late a tres mil kilómetros por minuto. Me encantó siempre, también, tu mirada, más allá del celeste color de tus ojos. Me refiero a tu mirada como tal, tu forma de mirar. Esa forma de mirar que tenés va a ir en mi cabeza en todo momento. Pase lo que pase conmigo en el futuro, estoy seguro de que tu sonrisa y tu mirada van a estar presentes.
Cada vez me queda menos tiempo acá y no sé qué más decir en esta carta, que no es sólo eso. Quizás sean las últimas palabras que pueda dedicarte (espero que no), pero no se me ocurre demasiado, así que voy a ser directo y conciso.
Estoy muy feliz de haberte conocido. Quizás este es el adiós para siempre y nunca pueda volver a verte a los ojos, o volver a observar con detenimiento y admiración esa sonrisa tuya.
Quiero que sepas que nunca me voy a arrepentir de nada y que por más peleas que hayamos tenido, fuiste, sos y siempre serás la mejor persona que he tenido el enorme gusto de conocer.
Lo que más me gustó -siempre- de vos es que sos una persona interesante. Una persona con la que se es capaz de establecer una conversación llevadera. Pensás. Tenés cabeza y razonás. Eso es lo que más amé de vos.
Se terminó mi tiempo. Han llegado a recogerme.
Me gustaría poder besarte ahora, pero no te tengo aquí.
Gracias por todo.
Siempre te amé.
Santiago.
sábado, 27 de octubre de 2012
miércoles, 17 de octubre de 2012
Luces Azules
Acurrucado. No me queda otra que estar acurrucado en este rincón. Luces azules veo por todos lados, y es tanto así, que no distingo cuáles son reales y cuáles son producto de mi atemorizada e intensa imaginación. No sé qué día es hoy. No me importa. Sólo me importa, ahora, estar acurrucado en este rincón. Pensando. Siempre pensando. Busco la manera de establecer una conexión entre los hechos y mis pensamientos pero con tantas luces azules no lo veo posible. Tengo miedo de cerrar los ojos. Casi ni parpadeo. Mi miedo se basa en que si los cierro, tal vez no pueda volver a abrirlos y ver la misma libertad que veo ahora. Libertad limitada, puesto que si no estuviese acurrucado en este rincón, no sería más libre. Ya no fui libre. Ya soy libre otra vez. Quiero ser libre sin tener que estar acurrucado en este rincón. Espero. No sé exactamente qué es lo que espero, pero lo espero con ansia.
Pasan los segundos, los minutos, las horas. Sigo acurrucado en este rincón. Me acostumbré a estar acurrucado. No es tedioso ya, para mi. Se me hizo un hábito. Dentro del cuarto vivía acurrucado. Sólo salía de esa posición y ese rincón para ducharme, cuando me obligaban a hacerlo. De todos modos quería. Había veces que quería y no me dejaban. De hecho, hasta me tiraban basura, entre otras cosas.
Estoy acurrucado en este rincón y comienza a amanecer. Es hora de salir de mi posición y buscar otro rincón. Pero.. ¿qué rincón? ¿cuál rincón? ¿cuál rincón sería tan o más seguro que éste? No lo sé. No necesito saberlo. Sólo debo arriesgarme -una vez más- y buscar otro rincón. Uno más cerca de casa. ¿Adónde está mi casa? No sé hacia dónde tengo que ir. Tampoco necesito saberlo.
Es momento. Ahora que no hay más luces azules debo aprovechar. Pero no dejo de pensar en que, quizás, sí hay más luces azules. No hay que pensar. Es momento de ser impetuoso.
Corrí. Llegué a otro rincón. Éste está más cerca de casa. Lo sé, aunque no necesite saberlo. Ya giré mi cabeza hacia arriba y logré divisar un cartel con el nombre y la altura de las calles. Estoy a pocos metros de casa. Estoy en casa. Salgo del rincón y corro hacia mi puerta. Golpeo. Toco timbre. No sale nadie. No hay nadie.
Me senté sobre el cordón de la vereda, ya sin ir a ningún rincón. Sólo veo el piso. El suelo que se ilumina de a poco con el amanecer de un nuevo día. Se ilumina de a poco, y cada vez más. Toma una tonalidad. Va tomando una intensa tonalidad azul. Levanto la mirada y veo otro color. El color verde, y sobre él, da vueltas relámpago color azul. Preferí mi rincón. Cuando quise salir de allí no pude hacerlo. Grité. Nadie me oyó. Nadie me quiso oír. Nuevamente, preso de mi rincón, no veré más luces azules.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)