Linda noche. Todo estaba muy tranquilo.
Luna llena, estrellado. Sólo estábamos ella y yo.
Nadie más. Nadie quien pudiese molestarnos.
Nadie quien pudiese perturbar la paz que había.
Miré al cielo. Ella posada sobre la delicada madera
de la cual estaba hecho mi bote,
que lucía como ella, perfectos ambos dos.
Yo la miraba. Luego veía el agua.
Ella ahí, inerte de momento.
La tomé suavemente con mis manos,
preparé mi lanzamiento y sutilmente la lancé.
Solté la cuerda y dejé que volara lejos.
La cuerda cayó en el lago y dejó notar una bella onda
que se veía hermosa con el brillo de la luna.
Allí estaba yo, pescando en soledad.
Nico Glei
Mis relatos, cuentos, poesías, monólogos.
lunes, 18 de febrero de 2013
martes, 12 de febrero de 2013
El Caso Dolores
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| "El Caso Dolores", Nico Glei |
Yo solía irme de la oficina a las nueve de la noche, ya que ese era el momento en que terminaba mi horario. Algunas que otras veces me quedaba algunas horas más, pero éstas eran pocas. Me sitúo en un veintidós de septiembre, en el cual me quedé hasta más tarde porque quería terminar de ordenar algunos papeles y encontrar dos expedientes que el Sargento Fletcher me venía pidiendo ya hacía bastante tiempo. No sabía dónde los había dejado (y nunca lo supe), pero Fletcher era muy exigente con este tipo de cosas. Una vez el Cabo Díaz extravió unos papeles que tenían que ver con un caso de un simple robo a una tienda de ropa, y el Sargento se enfureció de tal manera que, no sólo hizo que lo transfirieran al pobre Cabo, sino que el poco tiempo que estuvo, luego de perder el papeleo, vivió para torturarlo.
Recuerdo que el reloj marcaba las diez y media de la noche cuando golpearon la puerta de mi oficina. Eran la esposa del Sargento y su hija. Buscaban a Fletcher, quien había ya ídose del lugar. Les dije que no estaba en el establecimiento hacía ya varias horas. Su horario de salida era, incluso, previo al mío. El Sargento se retiraba de aquí aproximadamente a las siete, un día normal de trabajo. Escasas eran las veces que se quedaba realizando alguna tarea. Éste no era el caso, y se lo hice saber a la señora Fletcher. Al momento en que le dije que su esposo había abandonado el edificio, me miró con cierto asombro. Ella me comentó los planes que tenía con su marido. Me dijo que, como era viernes, pensaban irse, apenas él salga del trabajo, de viaje a pasar el fin de semana en unas cabañas que costean el Lago Estáe. Lo esperaban en casa, como muy tarde, a las siete y media. Al ver que pasaban las horas y Fletcher no regresaba decidieron acercarse al Ayuntamiento. En primera instancia me sentí algo perturbado. También me sonaba extraño el hecho de que el Sargento se haya ido del Ayuntamiento a las siete, y que sean las diez y media y aún no aparezca.
Me quedé por unos instantes mirándolas, a las dos, madre e hija. Su hija no parecía entender lo que ocurría. Nosotros, los mayores, tampoco comprendíamos. Era insólito. Era increíble.
Tomé, rápidamente, cartas en el asunto y le dije a la Sra. Fletcher que se quedase, con su hija de tan sólo once años, en la oficina. Les cedí lo que iba a ser mi cena para que coman algo y, les dejé unas revistas de esas que traen juegos como crucigramas, sopas de letras o 'Sudokus' como para que se distraigan un poco.
Salí del Ayuntamiento en un patrullero. Encendí la sirena y las luces, ya que estaba realmente desesperado. No por Fletcher, a él lo detestaba, sino por su hija. Cuando la vi a los ojos, noté una mirada tan perdida. Casi que lastimaba a quien la viese.
Llegué a la casa de los Fletcher y me encontré con una escena un tanto aterradora: la puerta estaba abierta. Abierta de par en par, y al aproximarme a ella noté que la cerradura no estaba forzada. La puerta había sido abierta lícitamente. Volví hasta el auto y agarré la pistola. La puse en punta y entré a la casa. Las luces parecían estar todas apagadas. Todas, excepto una. La de la cocina estaba encendida. Me asusté. Me asusté mucho, pero tomé coraje y entré a la cocina. No había nadie, pero la canilla del agua estaba abierta y salía agua con mucha presión. No se alcanzaba a ver la pileta, hasta donde se habría llenado, ya que la cocina era muy amplia y ésta estaba del otro lado. Me aproximé a ella paulatina y lentamente, hasta ver que el agua que había en la pileta tenía un color granate. Me detuve. Temblé. Seguí avanzando y descubrí una tragedia. En la pileta de la cocina, estaba la cabeza del Sargento Fletcher, desangrándose.
Salí corriendo de la cocina, llegué a la sala de estar, en donde la luz seguía apagada, pero la puerta estaba cerrada. No entendí. Me asusté pero no titubeé. Le di tres disparos a la cerradura y pateé la puerta hasta derribarla. Subí al patrullero y regresé al Ayuntamiento.
Llegué al establecimiento y subí hasta el cuarto piso, donde se encontraba mi oficina. La puerta estaba cerrada con llave. Me pareció raro pero pensé que podrían haberse encerrado por cuestiones de seguridad. Golpeé la puerta esperando que me abran. No hubo respuesta. Pensé que podrían estar dormidas. Volví a golpear y dije por lo bajo "Sra. Fletcher, ábrame la puerta". Tampoco hubo respuesta. Me asusté mucho y repetí con la puerta de mi oficina lo mismo que con la de la casa de los Fletcher. Disparé tres veces a la cerradura y ésta cedió. Ingresé en la oficina y mis ojos vieron algo que mi mente no quería procesar. El cadáver de la Sra Fletcher colgaba de una cuerda atada en un gancho de soporte para gráficos que se encontraba situado en el techo. Lo vi. No podía creer lo que estaba observando. No lo creía real. ¿Y la niña? ¿Dónde estaba la hija del Sargento Fletcher? No podría haberse alejado mucho. A menos que alguien se la hubiese llevado. Temí. Atando cabos deduje que el asesino de los Fletcher tendría a la niña secuestrada. ¿Quién carajo podría saber qué era lo que estaba haciendo con ella?. ¡Desgraciado!.
Comencé a recorrer el edificio. Busqué en el primer piso. Allí no estaba. Recorrí todo el segundo piso al grito de "¡Niña!" y posteriormente el de "¡Pequeña Fletcher!".
Llegué al cuarto y último piso, nuevamente. Era el piso en donde se encontraba mi oficina. Pasé por la puerta de ella corriendo, sin prestar mucha atención, pero me pareció ver que el cadáver no estaba colgado ya, sino tirado en el suelo y sin la soga al cuello. Volví para corroborar si lo que creí ver era cierto. Sí, lo era. Entré a mi oficina y allí estaba, el cuerpo muerto de la Sra. Fletcher, desparramado por el suelo. Eso quería decir que el asesino aún andaba por aquí. ¿Qué clase de alma vil y despiadada podía cometer semejantes actos de crueldad y sadismo? "¡Aparecé, hijo de mil puta!", grité. Y ahí fue que oí esa voz de niña, tan dulce, tan tierna. Pero sólo su tono, porque las palabras pronunciadas con esa dulce voz fueron "¡Me llamo Dolores, idiota!". Me di la vuelta y la vi. Dolores Fletcher parada frente a mi, con una soga en una mano y una pistola en la otra. Arma que al ver más cercanamente, era la mía.
Dolores Fletcher me miró a los ojos. Yo la vi, también directo a sus ojos. Su mirada aparentaba la de una niña dulce. Una niña que poco daño podría hacerle a alguien. Pero ella era sádica. Era maligna. Sonrió de repente y gritó con vos de asustada "¡¿Qué le has hecho a mis padres, maldito enfermo?!" No lo entendí. Quedé atónito. Volvió a sonreír y dijo "¿Me matarás a mi, ahora?". Seguí sin comprender absolutamente nada. De repente, levantó su mano con la cual sostenía el arma, se apunto a sí misma y se disparó en la cabeza. Se suicidó.
¡Se lo juro, señoría! ¡Ella misma se disparó! ¡Yo no tuve nada que ver, Sr. Juez!
- Por el cargo de homicidio en primer grado, del Matrimonio Fletcher y su pequeña hija, queda sentenciado a Cadena Perpetua en una prisión estatal. Caso cerrado.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Ayer
Ayer te vi.
Ayer te encontré en aquel lugar
donde solíamos estar.
Te vi aunque ya no estés.
Ayer, también, te sentí.
Me pasé un tiempo pensando
si está bien que te esté extrañando.
Hoy, eso, no lo sé.
Antes quise ir.
Hoy quiero volver.
Hoy te quiero tener
así andando por ahí.
Esa libertad.
Esa expresión en tus ojos
lúcida e intensa.
Ayer la vi.
Ayer la encontré en aquel lugar
donde solíamos estar.
La vi aunque ya no esté.
Ayer te encontré en aquel lugar
donde solíamos estar.
Te vi aunque ya no estés.
Ayer, también, te sentí.
Me pasé un tiempo pensando
si está bien que te esté extrañando.
Hoy, eso, no lo sé.
Antes quise ir.
Hoy quiero volver.
Hoy te quiero tener
así andando por ahí.
Esa libertad.
Esa expresión en tus ojos
lúcida e intensa.
Ayer la vi.
Ayer la encontré en aquel lugar
donde solíamos estar.
La vi aunque ya no esté.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Ignorame
Ignorame. No me gusta, pero hacelo igual. Es lo mejor que podés hacer en este momento, o mejor dicho, lo mejor que me podés hacer en este momento. Tal vez me ayude a darme cuenta de que no sos para mi. Ya lo intenté (el darme cuenta, digo) pero no tiene caso. Sigo creyendo fielmente en que sos la persona que va a acompañarme en el resto de mi vida. No sé de qué manera, de qué forma, pero sé que vas a ser vos y sólo vos aquel ser que va a estar conmigo siempre, esa mujer que va a hacer lo posible por verme bien, que va a cuidarme de la manera que yo siempre lo hice y lo seguiré haciendo porque lo siento. Lo siento muy fuerte, dentro mío, ese sentimiento tan particular, y tan selectivo. Porque es un sentimiento que elige. Elige bien. Bien en el sentido de que una vez que elige, no hay vuelta atrás. Ya escogió con quién se dará, con quién se sentirá. Luego de eso, si es correspondido o no, se verá con el tiempo, pero ya está dicho quién es el ser afortunado por el cual sentís.
Alguna vez pensé en llamarte nuevamente, pero siento miedo. Miedo de hacer el ridículo. Ese miedo se convierte en vergüenza. Es triste, para mi, el no poder hablarte. Necesito oír tu voz. Pero vos me ignorás, y está perfecto. Es lo mejor que me podés hacer ahora. Ignorarme. Darme la posibilidad (nuevamente) de darme cuenta, de entender de una vez y para siempre que lo que alguna vez fue bello, hoy sólo es un recuerdo que sirve de experiencia. Te juro que intento entenderlo, pero mi cabeza se cierra y sólo me dice "No, es ella. Estoy más que seguro que es ella..." y realmente me confunde. Te amo. Sé que a veces me has tratado mal y has jugado conmigo, sin ninguna explicación y sólo por hacerlo. Quizás te hizo sentir bien a vos. Te odio.
Todos los días recuerdo un poco más aquel tiempo de felicidad, sonrisas y risas. También esos momentos de llanto y tristeza, aunque fueron los menos. Agradezco el haberte conocido, aunque ya no te conozca. Agradezco haberte besado, aunque ya no lo haga. Agradezco haber tenido la posibilidad de conocer la calidez y la ternura de un abrazo tuyo, de una caricia tuya. Agradezco haberte tenido.
Quisiera verte. No te veo. Quiero abrazarte. No lo hago. No te tengo al alcance de mis manos y, por más que así lo fuese físicamente, ya no te tengo a mi alcance.
La vida nos separó por algún motivo. Todo está escrito en el gran libro de nuestro destino, y nuestro destino es estar juntos. Lo sé. Nosotros dos nos separamos para volver a encontrarnos. Llegará el día. Pronto llegará. Y cuando ese día tan ansiado, tan esperado, tan deseado llegue, no sabré qué hacer. Te voy a besar.
Quiero encontrar la forma de saber si lo que creo es cierto, pero no tengo otra opción que no sea esperar que pase el tiempo y así poder ver o vivir en carne propia la única realidad.
Perdón por llamarte sin aviso. Es que vencí al miedo. Derroté esa vergüenza. Espero no te ofendas y me entiendas. O al menos mi punto, no pretendo que entiendas lo que siento. No puedo pretender que comprendas algo que ni yo mismo comprendo. Pero no te preocupes, podés ignorarme.
Habiendo dicho todo esto no espero una respuesta y sólo quiero que me escuches una cosa más: pase lo que pase, lo que siento, no va a desaparecer. Y si alguna vez sentiste por mi algo parecido al amor, puede que sea eso. Amor.
Alguna vez pensé en llamarte nuevamente, pero siento miedo. Miedo de hacer el ridículo. Ese miedo se convierte en vergüenza. Es triste, para mi, el no poder hablarte. Necesito oír tu voz. Pero vos me ignorás, y está perfecto. Es lo mejor que me podés hacer ahora. Ignorarme. Darme la posibilidad (nuevamente) de darme cuenta, de entender de una vez y para siempre que lo que alguna vez fue bello, hoy sólo es un recuerdo que sirve de experiencia. Te juro que intento entenderlo, pero mi cabeza se cierra y sólo me dice "No, es ella. Estoy más que seguro que es ella..." y realmente me confunde. Te amo. Sé que a veces me has tratado mal y has jugado conmigo, sin ninguna explicación y sólo por hacerlo. Quizás te hizo sentir bien a vos. Te odio.
Todos los días recuerdo un poco más aquel tiempo de felicidad, sonrisas y risas. También esos momentos de llanto y tristeza, aunque fueron los menos. Agradezco el haberte conocido, aunque ya no te conozca. Agradezco haberte besado, aunque ya no lo haga. Agradezco haber tenido la posibilidad de conocer la calidez y la ternura de un abrazo tuyo, de una caricia tuya. Agradezco haberte tenido.
Quisiera verte. No te veo. Quiero abrazarte. No lo hago. No te tengo al alcance de mis manos y, por más que así lo fuese físicamente, ya no te tengo a mi alcance.
La vida nos separó por algún motivo. Todo está escrito en el gran libro de nuestro destino, y nuestro destino es estar juntos. Lo sé. Nosotros dos nos separamos para volver a encontrarnos. Llegará el día. Pronto llegará. Y cuando ese día tan ansiado, tan esperado, tan deseado llegue, no sabré qué hacer. Te voy a besar.
Quiero encontrar la forma de saber si lo que creo es cierto, pero no tengo otra opción que no sea esperar que pase el tiempo y así poder ver o vivir en carne propia la única realidad.
Perdón por llamarte sin aviso. Es que vencí al miedo. Derroté esa vergüenza. Espero no te ofendas y me entiendas. O al menos mi punto, no pretendo que entiendas lo que siento. No puedo pretender que comprendas algo que ni yo mismo comprendo. Pero no te preocupes, podés ignorarme.
Habiendo dicho todo esto no espero una respuesta y sólo quiero que me escuches una cosa más: pase lo que pase, lo que siento, no va a desaparecer. Y si alguna vez sentiste por mi algo parecido al amor, puede que sea eso. Amor.
sábado, 27 de octubre de 2012
Carta de Un Joven Soldado a Su Novia
Mi amor:
En pocos minutos vendrán a buscarme y es muy probable que no llegues antes. Por esta razón, te dejo esta carta en forma, no de despedida, sino de saludo. Quisiera poderte ver antes de que lleguen a por mi, pero no será posible. La hora está próxima y la Patria me necesita.
Quiero aprovechar esta ocasión para decirte todo lo que no te pude decir antes. Quiero decirte que otra persona como vos jamás podría encontrarse en el universo en su infinita existencia. Sos una persona impecable en todos los sentidos. Buena, bondadosa, noble, hermosa, simpática, entre otros tantos adjetivos que van con tu forma de ser.
Siempre me gustó tu sonrisa. No sé qué tiene aquella, que me gusta tanto, pero cuando la enseñás mi corazón late a tres mil kilómetros por minuto. Me encantó siempre, también, tu mirada, más allá del celeste color de tus ojos. Me refiero a tu mirada como tal, tu forma de mirar. Esa forma de mirar que tenés va a ir en mi cabeza en todo momento. Pase lo que pase conmigo en el futuro, estoy seguro de que tu sonrisa y tu mirada van a estar presentes.
Cada vez me queda menos tiempo acá y no sé qué más decir en esta carta, que no es sólo eso. Quizás sean las últimas palabras que pueda dedicarte (espero que no), pero no se me ocurre demasiado, así que voy a ser directo y conciso.
Estoy muy feliz de haberte conocido. Quizás este es el adiós para siempre y nunca pueda volver a verte a los ojos, o volver a observar con detenimiento y admiración esa sonrisa tuya.
Quiero que sepas que nunca me voy a arrepentir de nada y que por más peleas que hayamos tenido, fuiste, sos y siempre serás la mejor persona que he tenido el enorme gusto de conocer.
Lo que más me gustó -siempre- de vos es que sos una persona interesante. Una persona con la que se es capaz de establecer una conversación llevadera. Pensás. Tenés cabeza y razonás. Eso es lo que más amé de vos.
Se terminó mi tiempo. Han llegado a recogerme.
Me gustaría poder besarte ahora, pero no te tengo aquí.
Gracias por todo.
Siempre te amé.
Santiago.
En pocos minutos vendrán a buscarme y es muy probable que no llegues antes. Por esta razón, te dejo esta carta en forma, no de despedida, sino de saludo. Quisiera poderte ver antes de que lleguen a por mi, pero no será posible. La hora está próxima y la Patria me necesita.
Quiero aprovechar esta ocasión para decirte todo lo que no te pude decir antes. Quiero decirte que otra persona como vos jamás podría encontrarse en el universo en su infinita existencia. Sos una persona impecable en todos los sentidos. Buena, bondadosa, noble, hermosa, simpática, entre otros tantos adjetivos que van con tu forma de ser.
Siempre me gustó tu sonrisa. No sé qué tiene aquella, que me gusta tanto, pero cuando la enseñás mi corazón late a tres mil kilómetros por minuto. Me encantó siempre, también, tu mirada, más allá del celeste color de tus ojos. Me refiero a tu mirada como tal, tu forma de mirar. Esa forma de mirar que tenés va a ir en mi cabeza en todo momento. Pase lo que pase conmigo en el futuro, estoy seguro de que tu sonrisa y tu mirada van a estar presentes.
Cada vez me queda menos tiempo acá y no sé qué más decir en esta carta, que no es sólo eso. Quizás sean las últimas palabras que pueda dedicarte (espero que no), pero no se me ocurre demasiado, así que voy a ser directo y conciso.
Estoy muy feliz de haberte conocido. Quizás este es el adiós para siempre y nunca pueda volver a verte a los ojos, o volver a observar con detenimiento y admiración esa sonrisa tuya.
Quiero que sepas que nunca me voy a arrepentir de nada y que por más peleas que hayamos tenido, fuiste, sos y siempre serás la mejor persona que he tenido el enorme gusto de conocer.
Lo que más me gustó -siempre- de vos es que sos una persona interesante. Una persona con la que se es capaz de establecer una conversación llevadera. Pensás. Tenés cabeza y razonás. Eso es lo que más amé de vos.
Se terminó mi tiempo. Han llegado a recogerme.
Me gustaría poder besarte ahora, pero no te tengo aquí.
Gracias por todo.
Siempre te amé.
Santiago.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Luces Azules
Acurrucado. No me queda otra que estar acurrucado en este rincón. Luces azules veo por todos lados, y es tanto así, que no distingo cuáles son reales y cuáles son producto de mi atemorizada e intensa imaginación. No sé qué día es hoy. No me importa. Sólo me importa, ahora, estar acurrucado en este rincón. Pensando. Siempre pensando. Busco la manera de establecer una conexión entre los hechos y mis pensamientos pero con tantas luces azules no lo veo posible. Tengo miedo de cerrar los ojos. Casi ni parpadeo. Mi miedo se basa en que si los cierro, tal vez no pueda volver a abrirlos y ver la misma libertad que veo ahora. Libertad limitada, puesto que si no estuviese acurrucado en este rincón, no sería más libre. Ya no fui libre. Ya soy libre otra vez. Quiero ser libre sin tener que estar acurrucado en este rincón. Espero. No sé exactamente qué es lo que espero, pero lo espero con ansia.
Pasan los segundos, los minutos, las horas. Sigo acurrucado en este rincón. Me acostumbré a estar acurrucado. No es tedioso ya, para mi. Se me hizo un hábito. Dentro del cuarto vivía acurrucado. Sólo salía de esa posición y ese rincón para ducharme, cuando me obligaban a hacerlo. De todos modos quería. Había veces que quería y no me dejaban. De hecho, hasta me tiraban basura, entre otras cosas.
Estoy acurrucado en este rincón y comienza a amanecer. Es hora de salir de mi posición y buscar otro rincón. Pero.. ¿qué rincón? ¿cuál rincón? ¿cuál rincón sería tan o más seguro que éste? No lo sé. No necesito saberlo. Sólo debo arriesgarme -una vez más- y buscar otro rincón. Uno más cerca de casa. ¿Adónde está mi casa? No sé hacia dónde tengo que ir. Tampoco necesito saberlo.
Es momento. Ahora que no hay más luces azules debo aprovechar. Pero no dejo de pensar en que, quizás, sí hay más luces azules. No hay que pensar. Es momento de ser impetuoso.
Corrí. Llegué a otro rincón. Éste está más cerca de casa. Lo sé, aunque no necesite saberlo. Ya giré mi cabeza hacia arriba y logré divisar un cartel con el nombre y la altura de las calles. Estoy a pocos metros de casa. Estoy en casa. Salgo del rincón y corro hacia mi puerta. Golpeo. Toco timbre. No sale nadie. No hay nadie.
Me senté sobre el cordón de la vereda, ya sin ir a ningún rincón. Sólo veo el piso. El suelo que se ilumina de a poco con el amanecer de un nuevo día. Se ilumina de a poco, y cada vez más. Toma una tonalidad. Va tomando una intensa tonalidad azul. Levanto la mirada y veo otro color. El color verde, y sobre él, da vueltas relámpago color azul. Preferí mi rincón. Cuando quise salir de allí no pude hacerlo. Grité. Nadie me oyó. Nadie me quiso oír. Nuevamente, preso de mi rincón, no veré más luces azules.
jueves, 30 de agosto de 2012
Yo Prefiero El Pelo Largo
Toqué timbre una excesiva cantidad de veces pero no hubo caso. Nadie abrió. Se ve que el tío Marcos no estaba en casa. Raro. Él me pidió que vaya a las tres de la tarde a ayudarlo a embalar unas cajas y armar unos bolsos. Tenía que irse de viaje, o algo así. No sé por qué ni le pregunté porque, sinceramente, no me interesaba. Supuse que sería por trabajo, o algo por el estilo, pero como no me importó mucho, no le pregunté. Lo único que sabía, es que viajaría a Colombia con su hermano Julio, quien se había ido una semana atrás, y desconozco su motivo, también. Por el tío Julio se me ocurrió preguntarle a mamá, pero no me quiso decir. Dice que soy muy bocón, que le contaría todo a mis compañeros de escuela. No es culpa mía que a mis amigos les guste escuchar mis barbaridades.. soy muy simpático. Hago reír a los chicos, excepto a Carlitos, el compañerito nuevo. No me gusta como me mira, como si yo fuese una especie de bicho raro. Es muy serio, y se peina como el director. Ridículo. Yo prefiero el pelo largo. El director y la maestra me preguntan si no me lo corto porque mi mamá no quiere, siempre me lo preguntan. Yo siempre les digo que es porque yo no quiero, porque me gusta. Pero como que no me creen.
Después de esperar un rato en la puerta de la casa del tío Marcos, al ver que no llegaba, me volví a casa. Mamá estaba como llorosa y papá me mando a mi cuarto. Seguro que estaban discutiendo. Nunca me dejan quedarme ahí cuando discuten. Yo siempre quise saber los motivos de las discusiones. ¡Tengo derecho a saber! Soy el hijo y puedo hacer como un terapeuta. Yo podría hacer que todo se arregle. Pero no, no me dejan. Así fue que me fui a mi habitación y me recosté en la cama a dormir una siesta. Me despertó mi mamá a los gritos como una hora después. Mis cosas estaban en cajas y ella y papá se veían bastante alterados. La miré a mamá y le dije "parece que nos vamos". Me miró con cara de preocupada y me dijo que todo estaría bien, que no me preocupe, que íbamos a empezar una nueva vida en otro lugar. No se oía convencida del todo de lo que me decía. Sin embargo, me trató de convencer del todo a mi, y por poco lo logra, pero igual accedí, después de todo, es mi mamá.
Antes de salir, papá se cortó el pelo y se peinó como el director de mi escuela. Me hizo acordar a Carlitos. No me gustó para nada y se lo hice notar. Le pregunté por qué su corte y peinado y me respondió que le gustaba el look. Mamá también se arregló, se peinó y se vistió muy elegante. Creí que habría algún evento como una fiesta o algo así. Pero a mi no me arreglaron. La fiesta era para ellos, obvio. El nene no puede asistir a reuniones de adultos. "Seguro que me dejan en lo de la abuela", pensé. No había cosa más aburrida que estar en lo de la abuela. No tenía juguetes, no quería que juegue a la pelota, no me dejaba escuchar ni los partidos de Boca. Me irritaba ir a lo de la abuela.
Salimos de casa, y no sólo que no fuimos a lo de la abuela (Dios habrá oído mis plegarias), sino que nos fuimos de viaje. Fue la primera vez que viajé en avión. Debo confesar que tuve miedo. Mucho. Pero como todo buen argentino supe controlar ese miedo y convertirlo en valentía e ímpetu. Somos así, no podemos evitarlo. Somos argentinos.
Llegamos a un lugar que nunca pude aprenderme el nombre, pero había mucha gente rubia. Demasiada para mi gusto. Me sentí marginado. Lo era. Lo éramos. La gente sabía que veníamos de Argentina y ya como que reculaba. No querían tener ningún tipo de trato con nosotros, mi familia. No entiendo por qué. "Ha de ser tu look espantoso el culpable de todo esto, papá", le dije al viejo. Me miró raro, luego la miró a mamá y se rieron los dos. No era para que se rían, era sincero. No entiendo a los padres. Cuando les decís la verdad no te creen, y cuando les mentís en algo se lo toman muy a pecho. Demasiado.
Estuvimos casi una semana en ese lugar y luego volvimos a abordar un avión. Fuimos a otro país. Dinamarca es un país, ¿verdad? ¡Ay, perdón! Es que suelo confundirlo con Catamarca. De ahí es mi primo Fito. Siempre cuando venía de visita lo molestaba por el acento. Él se enojaba mucho y empezaban las guerras de almohadas. Eran entretenidas las visitas de él.
Cuando llegamos a Dinamarca mi mamá me dio un collar. Un collarsito que era de ella y me lo quería obsequiar. Me dijo que era de buena suerte y que lo tenga conmigo siempre, pase lo que pase. Le dije que sí, asintiendo con la cabeza. Me abrazó fuerte. Nunca me voy a olvidar de ese abrazo.
Al día siguiente volvimos a abordar, y volvimos a Buenos Aires. Creo que ese fue el error.
Llegamos a Buenos Aires y fuimos a casa. Me asusté mucho porque la puerta estaba rota y había cosas tiradas. Lo poco que teníamos se había roto. Le pregunté a mamá y me dijo que aparentemente un terremoto había azotado Buenos Aires. No le creí. "Soy chiquito, no tarado", le dije a mamá. Me miró como sorprendida y más aún, aunque suspiró, cuando le dije que no tenía por qué ocultarme que nos habían entrado a robar. Menos mal que no estábamos, che. Hubiese sido frustrante. Más de lo que ya era de por sí. La vi sonreír luego de decirle eso, no sé por qué. No me hacía gracia ver todo roto a mi. Luego de eso nos pusimos a limpiar y limpiar. No sé por qué motivo si dormimos en lo de la abuela.
Al día siguiente desperté como a las dos de la tarde. La abuela tejía y papá no estaba. Le pregunté a mamá, que estaba terminando de cocinar, si papá había ido a trabajar, y se rió. Me dijo que volvería a la tarde, que había ido a ver a unos amigos, de esos que antes venían a casa. No me acordaba mucho, pero sí recordaba algunos de ellos, más al que le decían 'Kempes', porque decían que era un matador. Todos tenían apodos, y algunos eran cómicos. En especial el que le decían 'Bonete'. Nunca supe por qué pero siempre me causó gracia. A mi papá le decían 'Tortuga'.
Se hizo de noche y papá no volvía. Mamá se empezaba a preocupar. Me acuerdo que ella se estaba por poner la campera cuando sonó el timbre. "Es el Tortu" dijo mamá y corrió apresurada para abrir la puerta. Abrió y no era papá. Eran unos hombres de traje que venían a buscarla. Ella se sorprendió y los hombres la agarraron del brazo cuando quiso correr. Yo le dije que la suelte y el hombre no me hizo caso y me insultó. Me dijo que si no me quedaba quieto me agarraba a mi también y a la Abuela la metieron en el baño. Entraron a la casa y se llevaron algunas cosas. ¡Eran ladrones! Ladrones elegantes. Llevaban traje.
- ¿Y esos ladrones no te pegaron, ni nada?- Preguntó la señora sentada del otro lado del escritorio.
No, nada. Sólo me trajeron para acá. Me dijeron que iba a tener otra familia muy pronto. Pero yo quería seguir teniendo a mi familia. Ya me había acostumbrado.
- Bueno, pero a veces pasan esas cosas. Más en estos lugares. Tus papás eran gente mala. Perdoná que te lo diga así tan fríamente pero es la verdad. Ahora vas a tener que cortarte ese pelito, eh.
Dios. No me voy a cortar el pelo, señora. Y menos si me lo dice usted. No puedo creer como no entienden que yo prefiero el pelo largo.
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